Cartografía y la genética


En marzo del 2007, la revista de la Smithsonian Institution publicó un reportaje, Rain Forest Rebel, en el que se narraba la superfragilística historia de cómo una ong gringa ayudaba a los indígenas amazónicos del pueblo Suruí a proteger su territorio mediante la confección de mapas. La empresa Google proporcionaba los elementos técnicos y la ong Amazon Conservation Team (http://www.amazonteam.org/ ) fungía de correa transmisora. Según el periodista de tan prestigiosa institución, todo era posible por la insistencia y la visión del cacique local, Almir Surui (de verdadero nombre, Naramayoga), único suruí que ha pasado por la universidad. En estos días, la sustanciosa anécdota acaba de ser reproducida por algún periódico español.

Muy bien está que los indígenas, amazónico u otros, cartografíen su territorio con ayuda de dios y del diablo y bueno es un retraso de año y medio en la publicación de sus hazañas cibernético-cartográficas a condición de que, gracias al tiempo transcurrido, se mejore el original. En vista de que la prensa española no lo hace, creo que es mi obligación añadir algún detalle.Los Suruí son un buen ejemplo de cómo un pueblo indígena ha sido saqueado en el reciente pasado sin que la ignominia se recuerde poquísimo tiempo después. También pudieran ser ejemplo de cómo las redes gringas comienzan con científicos duros y, de haber problemas internacionales, continúan funcionando en la misma línea de tecnología punta pero la segunda vez vía humanitarismo y cooperación. Los Suruí empezaron siendo presa de la genética y ahora lo son de la cartografía electrónica sin que con esta hilación pretendamos hacer un paralelo moral entre ambas disciplinas ni tampoco en los efectos de sus diligencias en territorio suruí. Simplemente, queremos hacer memoria.Veamos: en agosto de 1996, el Jornal do Brasil publicó en primera página que una empresa gringa estaba comercializando en Internet los genes de los pueblos amazónicos Suruí y de sus vecinos los Karitiana. A ese periódico le siguieron en tromba otros no menos conocidos, varias cadenas de televisión, revistas del montón, etc. Por lo tanto, el tema pasó a ser del conocimiento del más amplio público brasileño.En ese mismo año de 1996, en especial los Karitiana pero también los Suruí pidieron a la Coordenaçao da Uniao das Naçoes e Povos Indígenas de Rondonia, Noroeste do Matto Grosso e Sul do Amazonas (CUNPIR), que entablara un pleito contra Kidd Lab (universidad de Yale; en aquél año, su página web era http://pandora.med.yale.edu/genetics/kkid/ ) para exigirles compensación por el saqueo de sus genes.En 1998, el tema del tráfico de genes amerindios fue discutido en el Congreso de Brasil y los ejemplos los Suruí y sus vecinos adquirieron relevancia parlamentaria. Algunos congresistas mejor informados que sus colegas, descubrieron que la sangre de estos dos pueblos estaba en los almacenes de la universidad de Yale desde principios de los 1990’s. Es decir, desde antes que comenzara oficialmente el programa que, poco después, iba a servir de paraguas científico al desvalijamiento: el Human Genome Project –un megaproyecto de indudable utilidad pero que arrancó con una irresponsable despreocupación por los aspectos éticos-. Por lo tanto, el saqueo de los amazónicos se había cometido antes de lo que nadie imaginaba.Pese a ello, por esos años el National Geographic, quien ya había comenzado en mayo de 1992 a maquillar la investigación genética utilizando el ansia de identidad como señuelo (ver su reportaje DNA Profiling: The New Science of Identity), insistiendo en su política de ocultar los desmanes de las empresas gringas, publicó otro artículo, obviamente no sobre el asalto genético sino, por el contrario, sobre las maravillas de la recolección de muestras genéticas. Secrets of the Gene, se publicó en octubre 1999 y, en su página 73, aparece una foto de un vial que contiene una muestra de sangre tomada a alguno de los 30 pueblos indígenas de la India que el reportaje reconoce se están estudiando –sobra decir que no aparece el pinchazo de la extracción sino el producto final-. Para compensar los posibles recelos de los indígenas de todo el mundo, dedica tres fotos en dos páginas (las 66 y 67) a destacar que, gracias a las exhumaciones de fosas comunes en las que se amontonan las víctimas del genocidio de los años 1980’s, la “justicia genética llega a Guatemala”.En el año 2002, el médico brasileño Hilton Pereira da Silva fue acusado ante la justicia federal de Brasil de recolectar sin autorización muestras de sangre de los Suruí y de los Karitiana, un pueblo indígena muy cercano; al parecer, Pereira había llegado al territorio indígena con el pretexto de rodar un documental y, de paso, había extraído sangre a los amerindios para “diagnosticar enfermedades”. Pero, como hemos visto, eso había ocurrido no menos de seis años antes y, para cuando la justicia brasileña quiso echarle el guante, el médico cineasta había vendido su botín al Coriell Institute for Medical Research (Camden, NJ, EEUU; heredero de muchas de las muestras de su alma mater, la universidad de Yale) y había mudado su residencia a los EEUU -¿dónde si no?-.En noviembre del 2004, en los medios indigenistas tuvo amplio eco la noticia de que Brasil había pedido la intervención de Interpol para frenar el vertiginoso crecimiento del tráfico de materiales genéticos provenientes de los pueblos indígenas. Los Suruí fueron citados como uno de los ejemplos más flagrantes de ese tráfico puesto que, en esos momentos, Coriell vendía por Internet productos celulares de los Suruí por un precio medio de US$ 85. Aprovechando la coyuntura, algunas organizaciones humanitarias pidieron que retirara de la Red sus ofertas de genes amerindios.En marzo de 2007, el cacique Almir fue invitado especial a un seminario sobre Saúde e Bioantropologia do Povo Xavante que tuvo lugar en el departamento de Genética de la Universidad Federal do Rio Grande do Sul. En esa ocasión, los investigadores explicaron a los indígenas presentes que los blancos son genéticamente menos resistentes a las verminosis que los amerindios mientras que éstos son más débiles ante las bacterias y los virus que los caucásicos.En la actualidad, Coriell ha cambiado por tercera vez el URL de su página web (en 1999, cuando comenzaron los escándalos, era http://arginine.umdnj.edu/ y, en el 2004, pasó a ser http://coriell.umndj.edu/ ) Ahora es www.ccr.coriell.org/ pero sigue vendiendo sangre de los pueblos indígenas de todo el mundo. Si acaso han tenido alguna suerte las peticiones de que retirar de su oferta comercial vía Internet las pruebas del latrocinio contra los Suruí, ha sido porque, en efecto, sigue manteniendo el link con los “Surui – Rondonia Province of Brazil” pero, pinchándolo, no aparecen las muestras surui –o, si todavía las oferta, lo hace obligando al cibernauta a revisar un catálogo con casi 30 especímenes de amerindios, una tarea que no hemos acometido-.En todo caso, hoy mismo Coriell sigue vendiendo sangre de los Karitiana como puede comprobar todo aquel que entre en su página web y, desde la carátula, siga a “Sections/BrowseCatalog/” y, una vez allí, pinche en “Populations”. Allí encontrará que, por ejemplo en la columna Catalog ID, la casilla GM10965 descrita como “Amerindian Population” y proveniente de la colección Yale-Stanford, corresponde a una mujer Karitiana de 32 años cuya unidad de cultivo celular puede adquirir al mismo precio que hace cuatro años: US$ 85, tanto si es compra comercial como si es compra “académica y sin ánimo de lucro”. Por si el comprador no está seguro de la utilidad de su adquisición, en la misma página Coriell le ofrece para animarlo doce referencias de artículos médicos publicados entre 1994 y 2008.Finalmente, hemos de constatar que los media de hoy han hecho caso omiso de los “antecedentes genéticos” de los Suruí: ni una palabra de Coriell ni de Pereira ni siquiera de las comparecencias ante el Congreso brasileño. Huelga añadir que, por su parte, el National Geographic (NG) se mantiene en sus trece manipuladoras, impertérrito ante las protestas que, desde hace más de una década, suscita la depredación genética. Visto que a los “cazadores de genes” (Luke Holland dixit) ya no les es tan fácil obtener su botín y recordando lo incordioso que resulta ir de puerta en puerta y de selva en selva pinchando al personal, el NG se ha inventado el proyecto Genographic que consiste básicamente en convencer a los portadores de genes para que envíen sus identidades sanguíneas y salivales a las oficinas de la revista. Imposible encontrar una cara más dura.

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